¿Por qué Ortega denigra a los obispos de Nicaragua?

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Daniel Ortega desacredita a los obispos como mediadores del Diálogo Nacional, porque él lo que quiere es una componenda, un “arreglo o transacción censurable o de carácter inmoral” según la certera definición del Diccionario de la RAE.

El Diálogo Nacional es para buscar un acuerdo que permita resolver de raíz el grave problema nacional, que es la falta de democracia y libertad. Así se lo dijeron los obispos a Ortega, cuando aceptaron su petición de servir como mediadores y testigos del Diálogo.

Pero el propósito de Ortega era otro. Quería ganar tiempo mientras aplastaba brutalmente la rebelión popular y hacer después una componenda para seguir gobernando hasta las elecciones de 2021. Inclusive más allá, porque su objetivo ha sido siempre perpetuarse en el poder. Por eso no acepta adelantar las elecciones ni someter su permanencia en el poder a un plebiscito. Ortega ni siquiera ha dicho que estaría dispuesto a garantizar que las elecciones de 2021 serían competitivas, transparentes y fiscalizadas por observadores independientes, nacionales e internacionales.

De manera que no es porque los obispos han opinado sobre la crisis política del país, que Ortega impugna su función de mediadores y testigos en el Diálogo Nacional. Ortega sabía desde mucho antes del Diálogo cuál es la posición política de los obispos (no de política partidista, sino profética y moral); sin embargo, acudió a ellos para que organizaran el diálogo porque estaba en una situación desesperada ante el empuje de la insurrección popular.

Ortega y sus voceros faltan a la verdad al decir que por haber opinado sobre los temas del diálogo, los obispos se convirtieron en jueces y parte y se descalificaron como mediadores. Esto es una absoluta falsedad.

La mediación es un principio y recurso del Derecho Internacional para la solución de conflictos, establecido en la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que se aplica también en el ámbito nacional. A diferencia del gestor de buenos oficios, que debe limitarse a exhortar a las partes a que procuren un arreglo amistoso; y del árbitro o juez, que toma decisiones que las partes están obligadas a aceptar, el mediador opina y propone alternativas de soluciones. Esto, precisamente, fue lo que hicieron los obispos al proponer el adelanto de las elecciones para resolver la crisis de manera democrática.

Pero lo que quiere Ortega no es un acuerdo democrático, sino una componenda politiquera para mantenerse indefinidamente en el poder, lo cual no puede conseguir en el Diálogo Nacional mediado por los obispos y con un oponente como la Alianza Cívica.

De allí que Ortega esté empeñado en convertir el Diálogo Nacional en una mesa de componenda, así como en sustituir a los obispos con religiosos venales y a la Alianza Cívica con políticos corruptos y colaboracionistas.

La Prensa

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