Cuaresma, tiempo de conversión, iniciado el Miércoles de Ceniza (I)

–Tendrá que reconocer usted que las prácticas penitenciales hoy no están de moda.

–La Iglesia vive de la fe, de la esperanza y de la caridad. Vive del Espíritu Santo, no de las modas cambiantes.

Los diversos tiempos del Año litúrgico se van sucediendo, como ocurre con los ciclos vitales de la naturaleza: primavera, verano, otoño e invierno. Cada tiempo litúrgico y cada estación natural tiene su fisonomía propia y su virtualidad específica. La gracia peculiar de la Cuaresma es la conversión, por la que nos preparamos a la celebración del Misterio Pascual: la pasión y la resurrección de Cristo, que se culmina en Pentecostés con la donación del Espíritu Santo.   

Dicho en otras palabras: todo tiempo cristiano es tiempo de conversión. Pero en la Cuaresma quiere Dios concedernos gracias especiales de conversión. Seamos, pues, conscientes en la fe de que la Iglesia y cada uno de sus miembros nos vemos en esta sagrada Cuarentena especialmente asistidos por la gracia para convertirnos de tantos pecados que ofenden a Dios, y que nos afligen y debilitan, porque desobedecen al Padre celestial, deforman en nosotros la imagen de Cristo, y resisten todavía al Espíritu Santo.

Fundamento el artículo que sigue en la Sagrada Escritura, por supuesto, pero también en documentos preciosos de la Iglesia, que recomiendo como lectura espiritual en la Cuaresma: Pablo VI, constitución apostólica Poenitemini (17-II-1966); Nuevo Ritual de la Penitencia (=NRP, Madrid 1975); Juan Pablo II, carta apostólica Salvifici doloris (11-II-1984, 39); Juan Pablo II, exhortación apostólica Reconciliatio et pænitentia (2-XII-1984); y en el Catecismo, actos que integran la penitencia (1422-1460, 1471-1479); días y tiempos penitenciales (1438).

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    En las religiones naturales primitivas, aun teniendo un muy precario conocimiento de Dios, del pecado y de la conversión, siempre hallamos un cierto sentido del pecado y de la expiación. Como dice Pablo VI, la penitencia ha sido siempre una «exigencia de la vida interior confirmada por la experiencia religiosa de la humanidad» (Poenitemini, 32).

    En la historia espiritual de Israel se aprecia un importante desarrollo en la idea y en la práctica de la penitencia. Esta aparece pronto ritualizada en días y celebraciones peculiares (Neh 9; Bar 1,5-3,8), y siempre los actos principales de la penitencia son la oración y el ayuno (1Sam 7,6; Job 2,8; Is 22,12; Lam 3,16; Ez 27,30-31; Dan 9,3; Os 7,14; Joel 1,13-14; Jon 3,6).

Los profetas acentúan en la penitencia la interioridad y la individualidad. Las culpas no pasan de padres a hijos como una herencia fatal (Ez 18). Por otra parte, si el pecado fue alejarse de Dios, la conversión será volverse a Yavé (Is 58,5-7; Joel 2,12s; Am 4,6-11; Zac 7,9-12), escucharle, atendiendo sus normas, recibien­do sus enviados (Jer 25,2-7; Os 6,1-3), fiarse de él, apartando otros dioses y ayudas (Is 10,20s; Jer 3,22s; Os 14,4). Será, en fin, alejarse del mal, que es lo contrario de Dios, y acercarse a Él, fuente de todo bien (Jer 4,1; 25,5).

    Pero ¿es posible realmente la conversión? ¿Podrá el hombre cambiar de verdad por la penitencia? «¿Mudará por ventura su tez el etíope, o el tigre su piel rayada? ¿Podréis vosotros obrar el bien, tan avezados como estáis al mal?» (Jer 13,23)… La Biblia revela que con la gracia santifica­dora del Señor la penitencia es posible (Is 44,22; Jer 4,1; 26,3; 31,33; 36,3; Ez 11,19; 18,13; 36,26; Sal 50,12). Es posible con la gracia de Dios –suplicada, recibida– y con el esfuerzo del hombre: «Conviérteme y yo me convertiré, pues tú eres Yavé, mi Dios» (Jer 31,18; +17,14; 29,12-14; Lam 5,21; Is 65,24; Tob 13,6; Mal 3,7; Sant 4,8).

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    La predicación del Evangelio comienza por llamar a la conversión. Ya ésta ocupa un lugar central en la espiritualidad de Israel, como se comprueba en los Salmos, por ejemplo, en el maravilloso Salmo 50. Pero es en la plenitud de la historia de la salvación, cuando Cristo introduce en la humanidad el más alto conocimiento de Dios, del pecado y de la gracia, y consiguientemente la plenitud de la metanoia (Mc 1,4), palabra equivalente a penitencia, conversión, arrepentimiento.

Así se inicia la predicación evangélica: «Juan el Bautista apareció en el desierto, predicando el bautismo de penitencia para remisión de los pecados» (Mc 1,4). Y Jesucristo igual: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca» (Mt 3,2; =Mc 1,15). Él fue enviado por Dios «para dar a Israel penitencia y remisión de los pecados» (Hch 5,31). Por tanto, cualquier presentación de Cristo o de la Iglesia es falsa si no da una importancia central a la conversión, a la liberación del pecado. Es una falsificación del Evangelio. Así lo entendieron los Apóstoles.

San Pedro, el día de Pentecostés, inicia la predicación apostólica diciendo: «Convertíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Y a San Pablo lo envía Jesús diciéndole: «Yo te envío para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia de los consagrados» (Hch 26,18). Así resume la obra  de su misión apostólica: «Anuncié la penitencia y la conversión a Dios por obras dignas de penitencia» (Hch 26,20).

La conversión es presentada por Cristo como absolutamente necesaria y urgente: «Si no hiciéreis penitencia, todos moriréis igualmente» (Lc 13,3.5). Es a un tiempo don de Dios y esfuerzo humano (Mc 10,27; Hch 2,38). Va a ser principalmente interior, pero también exterior (Mt 6,1-18; 23,26). No es un asunto exclusivo de la conciencia personal con Dios, sino algo verdaderamente eclesial, pues la Iglesia convierte a los pecadores no sólo por los sacramentos, sino también por las exhortaciones, mandatos y correcciones fraternas, y sobre todo por las oraciones de súplica ante el Señor (Mt 18,15s; 2Cor 2,8; Gál 6,1; 1Tim 5,20; 2Tim 2,25-26; 1Jn 1,9; 5,16; Sant 5,16).

Hay que apartarse del mal (Hch 8,22; Ap 2,22; 9,20-21;16,11) y volverse a Dios incondicionalmente, obedeciendo a la voluntad de Dios providente (Hch 20,21; 26,20) por la fe en Cristo (20,21; Heb 6,1). La conversión es ante todo un acto del amor de Dios al hombre: «Yo reprendo y corrijo a cuantos amo: sé, pues, ferviente y arrepiéntete» (Ap 3,19). Pero el que rechace este amor, esta gracia, y rehuse hacer penitencia, será castigado (2,21s; 9,20s; 16,9. 11). El hombre se convierte de sus pecados cuando se abre, y no se cierra, a la gracia de Dios, siempre gratuita (Hch 11,18).

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Enseña Lutero que, al estar totalmente corrompida la naturaleza humana, la justificación es sólo por la fe, y consiguientemente el hombre trata en vano de borrar su pecado con obras penitenciales –examen de conciencia, dolor, arrepentimiento, propósito, expiación–. Todo en él es pecado. Tratando de convertirse, negaría la perfecta y gratuita redención que nos consiguió el Crucificado. Rechazaría su gracia para apoyarse en la justicia de sus propias obras; en una palabra: falsificaría totalmente el genuino Evangelio judaizándolo.

Por el contrario, la Iglesia ha enseñado que «Cristo es el modelo supremo de penitentes; él quiso padecer la pena por pecados que no eran suyos, sino de los demás» (Poenitemini 35). Y a los que sí somos pecadores, él quiso participarnos su espíritu de penitencia: él nos da conocimiento de nuestros pecados y de la misericordia de Dios, dolor por nuestras culpas, capacidad de expiación, y gracia para cambiar de vida. El no quiso hacer penitencia solo, sino con nosotros, que somos su cuerpo. En Cristo, con él y por él nos convertimos del pecado y hacemos penitencia. Y la Iglesia , precisamente, sabe bien que en verdad es ella «sacramento universal de salvación» (Vat. II: AG 1, LG 48).

La Iglesia, ella misma «a un tiempo santa y necesitada de purificación» (LG 8c), es la que llama siempre y a todos los hombres a la conversión: «La Iglesia proclama a los no creyentes el mensaje de salvación, para que todos los hombres conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo y se conviertan de sus caminos haciendo penitencia. Y a los creyentes les debe predicar continuamente la fe y la penitencia» (SC 9b).

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    Existe la virtud específica de la penitencia, que como dice San Alfonso Mª de Ligorio, bajo la acción de la gracia de Cristo, «tiende a destruir el pecado, en cuanto es ofensa de Dios, por medio del dolor y de la satisfacción» (Theologia moralis VI,434; cf. STh III,85). Eso significa que la penitencia tiene una fuerza inmensa para alegrar el corazón del hombre: rompe las cadenas que le mantienen sujeto al pecado, le hace pasar de la esclavitud a la libertad, de la oscuridad a la luz, de la enfermedad a la salud, o incluso de la muerte a la vida.

Y esta virtud implica varios actos distintos, que se exigen y posibilitan mutuamente. Recordémoslos.

    –El examen de conciencia hay que hacerlo en la fe, mirando a Dios. «Cada uno debe someter su vida a examen a la luz de la palabra de Dios» (NRP 384). El hombre más pecador –egoísta, avaro, soberbio, lujurioso, murmurador, prepotente, perezoso–, cuanto más pecador es, menos conciencia suele tener de su pecado. Si mirase más a Dios, a su enviado Jesucristo, a la Iglesia, se conocería más a sí mismo, que es el paso primero para la conversión.

La contrición hay que procurarla en la caridad, mirando a Dios. Cuanto más encendido el amor a Dios, más profundo el dolor de ofenderle. Pedro, que tanto amaba a Jesús, después de ofenderle tres veces, «lloró amargamente» (Lc 22,61-62). Es voluntad clara de Dios que los pecadores lloremos nuestras culpas: «Convertíos a mí –nos dice–, en ayuno, en llanto y en gemido; rasgad vuestros corazones» (Joel 2,12-13). Es absolutamente necesaria la contrición para la conversión del pecador. Si Cristo llora por el pecado de Jerusalén (Lc 19,41-44), ¿cómo no habremos de llorar los pecadores por nuestros propios pecados? Cuando vamos al sacramento de la penitencia ¡no demos por supuesta la contrición! Procurémosla y pidámosla a Dios aún más que la honrada elaboración de una lista de pecados que confesaremos.

Pidamos a Dios «la gracia de llorar nuestros pecados» (orac. Santa Mónica 27-VIII)–, y procurémoslamirando al Padre, viendo que, como el hijo pródigo, buscamos la felicidad lejos de él (Lc 15,11s); –mirando a Cristo en la cruz, ganándonos la conversión y el perdón al precio de su sangre; –mirando al Espíritu Santo, entendiendo que pecar es resistirle y despreciarle.

    –El propósito penitencial es un acto de esperanza, que se hace mirando a Dios. El es quien nos dice: «vete y no peques más» (Jn 8,11); él es quien nos levanta de nuestra postración y quien nos da su gracia para emprender una vida nueva.

Gran tentación para el hombre es verse pecador y considerarse irremediable. Tras una larga experiencia de pecados, de impotencia para el bien, al menos para el bien más perfecto, tras no pocos años de mediocridad aparentemente inevitable, va posándose en el fondo del alma, calladamente, el convencimiento de que «no hay nada que hacer», «lo mío no tiene remedio»… Afirmemos la fe y la esperanza: «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Lc 18,27). Muchos propósi­tos que se hacen no se cumplen, pero son muchos más los que ni se hacen.

    Los propósitos han de ser firmes, prudentes, bien apoyados en Dios, y han de ser altos, audaces: «aspirad a los más altos dones» (1Cor 12,31). Toda otra meta sería inadecuada para el cristiano, para el hijo de Dios, que no está hecho para andar, sino para volar. No estamos llamados simplemente a ser «buenas personas». Pretendemos –porque así nos lo ha mandado Criato– una perfección sobre-humana, sobre-natural: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

Los propósitos no deben ser excesivamente vagos y generales, que en el fondo a nada concreto comprometen. A ciertas perso­nas les cuesta mucho dar forma a su vida, asumir unos compromisos concretos. Les gusta andar por la vida sin un plan, sin orden ni concierto, a lo que salga, según el capricho, la gana o la circunstancia ocasional. Y esto es muy malo para la vida espiritual. Pero tampoco conviene hacer propósitos excesivamente determinados, pues «el viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo nacido del Espíritu» (Jn 3,8).  Los cristianos carnales quieren gobernar su propia vida, andar por un camino que ellos eligen, haciendo ciertas obras buenas que más se acomodan a su modo de ser. El apóstol Santiago los corrige: «en vez de esto debíais decir: “si el Señor quiere y vivimos, haremos esto o aquello”» (4,15). Santa Maravillas: «lo que Dios quiera, cuando Dios quiera, como Dios quiera».

    La expiación por el pecado, finalmente, ha sido siempre comprendida por la conciencia religiosa de la humanidad. Pero aún ha sido mejor comprendida por los cristianos, con solamente mirar a Cristo en la cruz. ¿Dejaremos que él solo, siendo inocente, expíe por nuestros pecados o nos uniremos con él por la expiación? El hijo pródigo, cuando vuelve con su padre, quiere ser tratado como un jornalero más (Lc 15,18-19), y Zaqueo, al convertirse, da la mitad de su bienes a los pobres, y devuelve el cuádruplo de lo que a algunos hubiera defraudado (19,8). Está claro: hay espíritu de expiación en la medida en que hay dolor por el pecado cometido. Y hay deseo de suplir en la propia carne «lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24) en la medida en que hay amor a Jesús crucificado. Trataré en el siguiente artículo, Dios mediante, más ampliamente de la expiación penitencial, que ha de vivir el cristiano como parte integrante de su vida, y muy especialmente en el tiempo de Cuaresma. Se sabe y se valora hoy tan poco de la penitencia expiatoria por el pecado que merece dedicarle un artículo aparte.

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El Miércoles de Ceniza da comienzo a la Cuaresma. La imposición de la ceniza, rito inicial del ingreso  de los pecadores en la disciplina penitencial, con el paso del tiempo de amplió a toda la comunidad cristiana, haciéndose obligatoria a partir del siglo XI. Se conservó desde entonces la fecha tradicional del miércoles anterior al Iº domingo de Cuaresma.

«Oh Dios, que te inclinas ante el que se humilla y encuentras agrado en quien expía sus pecados, escucha benignamente nuestras súplicas y derrama la gracia + de tu bendición sobre estos siervos tuyos que van a recibir la ceniza, para que, fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar con el corazón limpio a la celebración del misterio pascual de tu Hijo. Que vive y reina por los siglos de los siglos.

La imposición de la ceniza en el inicio de la Cuaresma es un gesto orante y penitente de muy antiguos orígenes, pues ya era practicado en Israel:

«Judit, postrándose rostro a tierra, echó ceniza sobre su cabeza y descubrió el cilicio que llevaba ceñido» (Jdt 9,1). Los Macabeos, antes de entrar en el combate, «se volvieron a Dios en la oración; y cubierta de polvo la cabeza y ceñida de saco la cintura, se postraron al pie del altar, rogando a Dios que se les mostrara propicio a ellos y hostil a sus enemigos, oponiéndose a los adversarios según las promesas de la ley. Terminada la oración, empuñaron las armas y salieron de la ciudad» (2Mac 10,25-26).

En la santa Misa se impone actualmente la ceniza después del Evangelio y de la homilía. Aunque también puede celebrarse el rito fuera de la MiSA. La ceniza se prepara con los ramos de olivo o de otras plantas que fueron bendecidos en el Domingo de Ramos precedente. El ministro impone la ceniza diciendo «Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás», palabras que Yahvé dirige a Adán y Evan al expulsarlos del Paraíso (Gén 3,19). O bien dice: «Convertíos y creed en el Evangelio», citando esta vez las palabras primeras de Cristo al comenzar el ministerio público de la evangelización (Mc 1,15).

En el Miércoles que inicia la Cuaresma recibimos con toda reverencia la imposición litúrgica de las cenizas penitenciales. Y las recibimos con toda esperanza en su virtualidad santificante, conscientes de que es un sacramental de la Santa Madre Iglesia.

Oración postcomunión. «Señor, estos sacramentos que hemos recibido hagan nuestros ayunos agradables a tus ojos y obren como remedio saludable de todos nuestros males. Por Jesucristo, nuestro Señor».

José María Iraburu, sacerdote

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