Mi querida niña:

Ayer después de que hablamos quedé devastada. Perdóname, pero el dolor y la ira pudieron más. ¿Dónde estaba yo?, ¿es que nunca escuché lo que me contabas? Tantos reproches, tanta culpa por no haberte cuidado más, por no haber sido más clara y sincera contigo. Asumí que ya sabias las cosas, que todo lo tenías claro. Por algún motivo pensé que ya no necesitabas a mamá.

Parece que me olvidé que cuando la pasión apremia y las buenas amistades están ausentes, la soledad y la tentación son grandes por mucho que sepas de Dios y de la vida. Quizás pensaste que todos lo hacían, que eras joven e independiente y lo podías todo. Quizás solo quisiste vivir una aventura sin medir las consecuencias, así como cuando te subes a una montaña rusa y luego del vértigo sigues con tu vida normal. Era solo era un viaje del que pronto regresarías.

Te encontraste con la verdad de la manera más dura, comprobaste que todos esos cuentos y todas esas “opciones” de vida de las que te hablaban traen consecuencias y muy duras. El sexo sin amor es una mentira, de esas que uno prefiere creer porque la realidad es muy difícil. Es de ingenuos pensar que uno puede controlarlo todo. ¿Y si no hubiera sido un hijo?, ¿y si hubiera sido una enfermedad incurable? ¡Cómo me reprocho el no haber estado más a tu lado!